Ying y Yang. "Robin Hood" - Ridley Scott
A FAVOR:Europa necesita héroes. Por eso Europa necesita, ahora y aquí, a Robin Hood. No el Robin Hood alegre y saltarín de las películas de los años 30, tampoco el viejo y desengañado Robin de Richard Lester de los años 70. Lo que ahora necesita Europa es un Robin sensato que piense no solo en robar a los ricos para dar a los pobres, sino en redistribuir la riqueza para que todos salgan beneficiados. Un Robin para la Europa en quiebra moral y económica del siglo XXI aunque la historia siga pasando en la Europa del siglo XIII. Pero lo mejor de esta arriesgada apuesta ideológica es que no han olvidado que el cine es espectáculo y sentimiento, dos cosas de las que está lleno el film. Espectáculo en las batallas, sobre todo la del desembarco en la playa, pero también en la ambientación del pueblo y castillos. Sentimientos que afloran en la relación de Robin y Marian, dos seres adultos que no dudan en abrirse a la nueva sensación de querer a alguien, y que tiñen el vínculo que se crea entre el viejo sir Walter Loxley y el caliente Robin Longstride.
Sentimiento y espectáculo unidos en la figura del cobarde príncipe Juan, condenado a ser eternamente el malo de la función.
Puede que no sea una obra maestra, pero lo que sí es cierto es que de este Robin Hood podemos sacar una lección de historia contemporánea.

EN CONTRA:Menos profunda de lo que pretende, esta precuela quiere presentarse como la última palabra sobre un mito del imaginario popular que empezó llevando los leotardos de Errol Flynn y acabó disparando flechas subjetivas con el careto de Kevin Costner. A la autoconsciente importancia de la empresa se le añade una severidad en el tono y timbre narrativo que a veces está a punto de caer en el ridículo, sobre todo porque el Robin Hood de Russell Crowe es, por muy realista que quiera ponerse Ridley Scott, un superhéroe que tira con arco a distancia olímpica, capaz de deshacer la capa de hielo de una lady Marian menos glamurosa que nunca, a la vez que reconoce el heroísmo paterno en unos flahbacks que funcionan como un absurdo deus ex nachina. Al cine de Scott se le ve el plumero cuando se trata de buscar culpables: como los somalíes de Black Hawk derribado (2001), en Robin Hood los franceses son una masa indiferenciada de zombis sanguinarios. El feroz maniqueísmo del autor de Gladiator (2000) invalida lo que aspira a ser un alegato a favor de la democracia con aromas literarios. La aventura risueña del Robin Hood clásico se ha convertido en una cinta bélica que anhela la dureza neolítica de Braveheart (Mel Gibson, 1995) y se queda a medio camino.
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