A FAVOR:A estas alturas, uno puede llegar a entender que algunos manierismos del estilo Coixet inviten al arqueo de cejas: sin ir mas lejos, la afectación- un tanto al borde de lo risible- de esas recapitulaciones líricas con música de Anthony and the Johnsons. Resulta mas difícil compartir la resistencia a reconocer en Coixet a una cineasta que, a través de una sucesión de mascaras y ejercicios de estilo, ha conquistado una voz propia. Y esa voz es cada día mas afinada. Es tan justo matizar los meritos de Elegí por su condición de adaptación como invocar aquí los nombres de Hong Kar-wai y Haruki Murakami, que, en todo caso, son solo lejana referencia en la textura de una poderosa ficción, con alma de relato breve, Coixet en estado puro y que posee mas capas de lo que parece. El film propone una cartografía de transacciones materiales, del sexo a la muerte, pasando por la básica alimentación y la accesoria cata de lujo, sobre un espacio urbano que funciona como el universal fantasma de nuestras Navidades futuras: un lugar donde la gestión del deseo termina revelando que el mapa no es el territorio y que son, precisamente, las cosas que nunca se dicen las que impedirán cuadrar la caja.
EN CONTRA:Si destapamos el tarro de las esencias de lo peor del cine de Isabel Coixet, olerá a Mapa de los Sonidos de Tokio. He aquí la importación afectada de los diálogos, el cóctel indigesto de referencias sacadas a vuelapluma del dominical de un periódico que pretende ser moderno, la falsa poesía entre plano y plano, sin encontrar lugar en un universo tan artificioso como falto de vida. Sorprende que Coixet, con buena mano para los actores, haya dirigido tan mal a Sergi López, o no haya visto que con Rindo Kikuchi la química sexual es una quimera. Error tan grabe como ese narrador improbable, heredero del grabador de sonidos de Café Lumière, que olvida por el camino, retomando su mirada presuntamente lírica cuando se le antoja. Coixet aspira a un mundo propio y poco convencional, un microcosmos donde las vendedoras de pescado son asesinas y los vinateros seducen a japonesas enigmáticas a golpe de ingles desubicado, pero el imaginario con el que especula este mapa rugoso es un patchwork de geografías ajenas por las que resulta antipático navegar. Ni con el peor GPS. |